“Coming to terms with my cultural identity—and feeling comfortable with the different parts of me that make me who I am—has been an emotional roller-coaster ride. During my adolescence, surrounded by my very Latino neighborhood and family, identity was a nonissue; my struggles then were around acculturation. I was not allowed to date, unlike my non-Latina friends; I was expected to stay a virgin until I married. And even if I went to college and embarked on some fabulous career, if I ever hoped to be a complete woman I’d have to marry, have kids, and cook a mean rice and beans.”
—Sandra Guzmán, “The New Latina’s Bible”
“He aquí que el silencio fue integrado
por el total de la palabra humana,
y no hablar es morir entre los seres:
se hace lenguaje hasta la cabellera,
habla la boca sin mover los labios,
los ojos de repente son palabras…
…Yo tomo la palabra y la recorro
como si fuera sólo forma humana,
me embelesan sus líneas
y navego en cada resonancia del idioma…”
—Pablo Neruda
"If I had been able to
read between the lines, I could have concluded that Salvador Allende’s
government was doomed from the beginning. It was the time of the Cold War,
and the United States would not allow a leftist experiment to succeed in what
Henry Kissinger called “its backyard.” The Cuban Revolution was enough; no
other socialist project would be tolerated, even if it was the result of a
democratic election. On September 11, 1973, a military coup8
ended a century of democratic tradition in Chile and started the long reign of
General Augusto Pinochet. Similar coups followed in other countries, and soon
half the continent’s population was living in terror. This was a strategy
designed in Washington and imposed upon the Latin American people by the
economic and political forces of the right. In every instance the military acted
as mercenaries to the privileged groups in power. Repression was organized on
a large scale; torture, concentration camps, censorship, imprisonment without
trial, and summary executions became common practices."
- Isabel Allende, Preface to Open Veins of Latin America by Eduardo Galeano
"The human murder by poverty in Latin America is secret; every year, without making a sound, three Hiroshima bombs explode over communities that have become accustomed to suffering with clenched teeth. This systematic violence is not apparent but is real and constantly increasing: its holocausts are not made known in the sensational press but in Food and Agricultural Organization statistics."
-Eduardo Galeano (Open Veins of Latin America)
Sarah Dessen, The Truth About Forever.
This book. I read this book every Summer… It’s become a sort of a tradition of mine.
This Summer is no different… Except it could be. Right now I’m looking at the book in front of me to begin it one more time, and I realize that my expectations are a little bit higher this time. I’m hoping for love. Which is stupid… But I can’t wait for it. So I’m drowning my hopes in literature, rosy, girly, love-is-all-you-need literature.
I’ll even it out with some Carlos Fuentes later.
litglutton:
Carlos Fuentes just died at the age of 83.
Mr. Fuentes received wide recognition in the United States in 1985 with his novel “The Old Gringo,” a convoluted tale of the American writer Ambrose Bierce, who disappeared during the Mexican Revolution. The first book by a Mexican novelist to become a best seller north of the border, it was made into a film starring Gregory Peck and Jane Fonda, released in 1989.
"Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparecerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela."
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Continuidad de los Parques, Julio Cortázar
"Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…"
-Rubén Darío